Recopilación: Tierra del Alba Radiante (Hwanghae)
Descripción
Las misteriosas historias que tienen lugar en Hwanghae,
provincia de la Tierra del Alba Radiante.
Estantería
Seodong
[Recopilación] Historia de Seodong
Capítulo 1: Una relación imposible
Érase una vez, en tiempos cuando los tigres fumaban pipa...
En la tierra de Hwali, en Gyerim, vivía un pescador llamado Sulbaga.
Un día, Sulbaga fue a Seorabeol a vender sus productos y su mirada
se cruzó con la de la princesa Gumodu, que descansaba en un alto pabellón.
Sulbaga se enamoró de la princesa a primera vista.
De regreso a Hwali, Sulbaga siempre llamaba a la princesa y confesaba su amor al aire.
Los habitantes del pueblo lo consideraban loco y lo molestaban,
diciendo que deshonraba el nombre de la princesa.
Pero Sulbaga seguía, y con el paso de los días ni comía por no poder olvidarla.
La madre de Sulbaga, al verlo tan desesperado, le dijo:
«Tú eres plebeyo y la princesa es de noble cuna; es imposible.»
«Mi corazón arde tanto que no puedo olvidarla ni un solo instante.
Si no se cumple mi deseo, no podré seguir viviendo.»
Al ver a Sulbaga cada vez más demacrado, su madre decidió ir al palacio real.
Llevó consigo peces gordos y carne deliciosa, sin aceptar pago alguno.
La princesa, intrigada, le preguntó si deseaba algo.
La madre de Sulbaga pidió hablar en privado y dijo:
«Tengo un único hijo que, al enamorarse de la princesa,
ha enfermado de pena y su vida está en peligro.
Le ruego que tenga piedad de mi hijo y salve su vida.»
La princesa Gumodu, al escuchar la historia, reconoció a Sulbaga.
Ella también se había enamorado de su apuesto rostro a primera vista.
«El próximo mes, en la noche de luna llena, espera detrás de la estatua en el altar celestial.»
Érase una vez, en tiempos cuando los tigres fumaban pipa...
En la tierra de Hwali, en Gyerim, vivía un pescador llamado Sulbaga.
Un día, Sulbaga fue a Seorabeol a vender sus productos y su mirada
se cruzó con la de la princesa Gumodu, que descansaba en un alto pabellón.
Sulbaga se enamoró de la princesa a primera vista.
De regreso a Hwali, Sulbaga siempre llamaba a la princesa y confesaba su amor al aire.
Los habitantes del pueblo lo consideraban loco y lo molestaban,
diciendo que deshonraba el nombre de la princesa.
Pero Sulbaga seguía, y con el paso de los días ni comía por no poder olvidarla.
La madre de Sulbaga, al verlo tan desesperado, le dijo:
«Tú eres plebeyo y la princesa es de noble cuna; es imposible.»
«Mi corazón arde tanto que no puedo olvidarla ni un solo instante.
Si no se cumple mi deseo, no podré seguir viviendo.»
Al ver a Sulbaga cada vez más demacrado, su madre decidió ir al palacio real.
Llevó consigo peces gordos y carne deliciosa, sin aceptar pago alguno.
La princesa, intrigada, le preguntó si deseaba algo.
La madre de Sulbaga pidió hablar en privado y dijo:
«Tengo un único hijo que, al enamorarse de la princesa,
ha enfermado de pena y su vida está en peligro.
Le ruego que tenga piedad de mi hijo y salve su vida.»
La princesa Gumodu, al escuchar la historia, reconoció a Sulbaga.
Ella también se había enamorado de su apuesto rostro a primera vista.
«El próximo mes, en la noche de luna llena, espera detrás de la estatua en el altar celestial.»